Guardafaunas una especie rara en Venezuela
Su responsabilidad es proteger a los animales
silvestres del irrespeto de los seres humanos. Pero ellos,
alrededor de 40 funcionarios para todo el país, apenas pueden
actuar ante la cacería ilegal y el comercio con aves,
reptiles y mamíferos. Aunque durante el pasado gobierno les
quitaron algunas de sus atribuciones, siguen siendo el cuerpo
capacitado para atender desde varamientos de cetáceos, hasta
perezas secuestradas
De:
EL NACIONAL - JUEVES 06 DE DICIEMBRE DE 2001 Por:VANESSA
DAVIES
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José Gregorio Rodríguez trabaja en
el estado Apure
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Foto JESÚS CASTILLO
Giuseppe Cagnino se siente con las manos atadas
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De Indiana Jones tienen poco; a lo mejor ese lustre en la
mirada que acompaña a quienes decidieron no morir echados en
la cama. Un pensamiento se le parece a Giuseppe Cagnino,
guardafauna de vocación: “Yo soy ese hombre que hizo lo que
creyó correcto”. Las anécdotas desbordan a este
descendiente de italianos, de 50 años de edad, que empezó a
estudiar biología marina en la Universidad de Oriente y
terminó como centinela de parte del delta del Orinoco. Anécdotas
como la del primer infractor que pescó en Maturín, y era
amigo, amigo de su papá. “Pipooooooo, tu eres hijo de
Cagnino”, le espetó, buscando un mecanismo para evadirse.
Pero no lo logró. “El señor era un cazador comercial. Lo
agarramos en pleno río Tigre, acostado en un chinchorro”.
Otra de sus historias célebres es la de cuando detectó,
cuatro años atrás, el cadáver de un manatí, especie muy
protegida en el país. Esa la cuenta uno de sus compañeros.
“Estábamos en una lancha, y pasó otra. Los tripulantes nos
saludaron. Giuseppino dijo que había algo raro, y nos
acercamos. Al animal, un ejemplar de más de 200 kilos, lo habían
agarrado con anzuelos, y le habían caído a golpes”. O la
de la vez que pilló a alguien que traficaba con pieles de
caimán en Apure, y el cazador ilegal le ofreció dinero.
“Me dijo que cuánto quería yo, y le contesté ‘no,
compadre, usted se equivocó de autobús. Me llevo esas
pieles”. El cuerpo nacional de guardafaunas, adscrito a la
Dirección Nacional de Fauna del Ministerio del Ambiente y los
Recursos Naturales, nació a fines de 1988 como un ejemplo en
América Latina. Pero hoy día no es suficiente para apagar
las urgencias venezolanas. Según Mirna Quero, directora de
Fauna del despacho ambiental, son alrededor de 40 funcionarios
que se multiplican por mil. Pero aún así “no contamos con
representación en el sur de Venezuela, Bolívar, Amazonas y
Delta Amacuro. Sólo hay delegaciones en los estados Apure,
Portuguesa, Zulia y Monagas”. La carga que pesa sobre los
“azules” (así los llaman popularmente) es fuerte: la
fauna silvestre representa el tercer rubro de comercio
internacional ilícito a escala mundial, recuerda Quero; sólo
le ganan las armas y la droga. De acuerdo con un decreto
presidencial de 1996, 21 mamíferos, 11 aves, 8 reptiles y 6
anfibios se encuentran en peligro de desaparecer en el
territorio. Y son pocos sujetos para tamaña responsabilidad.
¿Falta abrir más cursos para preparar gente dispuesta, o
falta personal? “Las dos cosas”, admite la bióloga. Como
colofón, extraoficialmente trascendió que la dirección de
Fauna dejará de existir en enero de 2002, versión que Quero
no confirmó, aun cuando insistió en que el ministerio “ha
reconocido el trabajo que hemos llevado a cabo”.
Expertos en todo
José Gregorio Rodríguez es de los pioneros. Su destino está
sellado por la palabra guardafauna: él ostenta este cargo
igual que su esposa, y empezó desde cero en la división de
Fauna del estado Apure. Ha defendido la tortuga arrau, y
contribuido con la elaboración de los planes de manejo.
“Atendemos a gente que se le soltó un monito, trasplantamos
nidos de tortuga arrau, hacemos censos de babas, de chigüires”.
Para José Gregorio constituye un reto cambiar esa idea de que
se puede aprovechar todo lo que corra o vuele por delante.
“La cacería furtiva, por lo vasto de Apure, es muy difícil
de vigilar. Necesitamos más guardafaunas, más equipos”.
Estos funcionarios tenían potestad para armar expedientes por
ilícitos ambientales, aplicar sanciones (multa, decomiso de
armamento). Contribuían, también, a la aplicación de la Ley
Penal del Ambiente. Diseñaban planes de manejo y educación
ambiental, como los que rigen para la tortuga arrau, caimanes
de la costa y del Orinoco, baba, chigüire, loros y
guacamayas. Pero esas son, afirma Giuseppe Cagnino,
reminiscencias del pasado. Porque la reestructuración
heredada del gobierno anterior restó atribuciones al cuerpo.
“Los guardafaunas ya no tenemos facultades para hacer
vigilancia”, protesta Cagnino. “Sólo podemos hacerlo si
vamos con un funcionario de la dirección de Vigilancia y
Control. Si hay una irregularidad, no podemos actuar. Ahora no
puedo decomisar animales que estén comerciando”. En esa
transformación, resume José Gregorio Rodríguez, “perdimos
terreno. Fue un proceso en el que, sinceramente, no nos
preguntaron qué pensábamos”. Sin embargo, se siguen
ocupando de sacar a un zamuro atrapado en un conducto de aire
acondicionado, o atrapar una culebra que se soltó en un
apartamento.
Cuando el Servicio Autónomo de Fauna dejó
de serlo y se volvió una dirección, perdió la ventaja de
generar ingresos propios. “Pasamos a funcionar con
presupuesto ordinario, en el que hay restricciones y
recortes”, relata Rodríguez. “La cuestión presupuestaria
es crítica. ¿Cómo sales a hacer vigilancia oportuna,
concientización en las escuelas?”. Aparte de eso, disminuyó
el control “porque somos pocos. Antes estábamos 15
guardafaunas en San Fernando de Apure, ahora somos 6. Las áreas
protegidas necesitan personal preparado y con mística, porque
es un trabajo de monte”. La supuesta desaparición de la
Dirección General de Fauna es el remate de la crisis.
Eris Solórzano, llanera y bióloga, se sumó
al primer curso (1988), y no se arrepiente, aun cuando todavía,
en las visitas de campo, le reiteran que eso es para hombres.
“Ser guardafauna me ha enriquecido como ser humano. Me ha
servido para conocer las personas, sus culturas, sus saberes
tradicionales. Los guardafaunas tenemos mucha sensibilidad
humana. No sólo nos dedicamos a la parte técnica, sino a
apoyar a las comunidades”. Igual que ella, Eneida Marín, líder
del proyecto de tortuga arrau, no le teme a echar pala, mudar
nidos, alejarse semanas de la familia. “No tenemos
privilegios ni limitaciones. Todo el mundo hace lo mismo”,
replica Solórzano. Ser guardafaunas tiene su ciencia. Arranca
de un principio fundamental: cuidar la fauna no es igual que
preservar bosques, “porque el bosque no se mueve, pero los
animales sí, y necesitan un manejo muy particular”, explica
Mirna Quero. Para colocarse la camisa azul se requiere ser biólogo,
ingeniero en recursos naturales, ingeniero zootecnista,
veterinario o técnico superior en recursos naturales. Durante
un año les enseñan la parte administrativa, la legislación
vigente, cómo llevar un expediente, uso de mallas para
atrapar aves, trampas para capturar ejemplares y trasladarlos
de zona, técnicas para liberar a cetáceos varados y hasta
manejo y reparación de vehículos terrestres y acuáticos.
Luego, vienen los posgrados en administración ambiental y áreas
afines.
A Giuseppe Cagnino le tocó aprender tácticas
para sobrevivir en sitios inhóspitos, defensa personal.
“Nos llevaron para el Ávila vendados, sin saber dónde íbamos,
y allá nos soltaron, tanto hombres como mujeres. Una parte
muy importante es la solidaridad. ¿Tu sabes lo que es pasar
un mes, quince días, botado en el monte?”. Debe,
igualmente, aliarse con las comunidades campesinas e indígenas.
Ninguno está libre de un percance que acabe
con su vida. Néstor Jiménez murió como consecuencia de una
infección adquirida mientras prestaba servicios en Zulia. Un
ballenato se varó, Néstor se cortó al atenderlo, el animal
estaba contaminado y el guardafauna falleció a los pocos días.
Pese a todo, los logros son más que evidentes para Mirna
Quero, pues Venezuela cuenta con personal para abordar
emergencias como que un delfín encalló en la orilla o que un
tigre debe ser trasladado porque está atacando el ganado de
un hacendado.
Cuestión de conciencia
Hoy se ríe, pero a Cagnino el poder le hincó su colmillo.
“Una vez le quitamos una escopeta a unos señores que
estaban cazando en Uverito (Monagas). Uno de ellos era
compadre de Luis Alfaro Ucero (dirigente de Acción Democrática).
Los tipos habilitaron un tribunal para corroborar si la
escopeta estaba en los depósitos de Caracas, porque pensaban
que yo me la había cogido”. No conforme con eso, uno de los
individuos le advirtió que tenía “billete para comprar
otra escopeta e irme a cazar”. “Yo le dije ‘usted podrá
comprar un tanque, pero eso sí: que yo no lo vea, porque se
lo quito”.
Con el cambio de timón que experimentó
Profauna (hoy Dirección de Fauna), ya no podría meterse
en esos líos. “Nosotros quedamos sólo para diseñar planes
de manejo”, lamenta. Y ve cómo, delante de sus narices, el
problema pica y se extiende. “Todavía por San José de Buja
(Monagas) sigue el tráfico de guacamayas y loros reales”,
denuncia Cheo Manzol, encargado del campamento Boca de Tigre.
Mirna Quero no se sorprende: “tenemos siete guardafaunas en
Monagas, quienes cubren el delta del Orinoco. Pero es una zona
donde hay desde comercio de fauna, hasta traficantes de seres
humanos”. ¿Quién le impedirá a los guardafaunas actuar
como lo crean correcto? Cagnino asume el riesgo. “No puedo
permitir que pase delante de mi un tipo con 40 lapas, y no
hacer nada, porque le estoy robando al Estado”, advierte.
“Es una cuestión de conciencia como ser humano. No quiero
que mi hijo, cuando sea grande, diga que su padre fue
guardafauna y no hizo nada por la fauna”.
Perseguidos por tener pelo y plumas
Año 2020. Madre e hijo visitan un zoológico. “Esa es una
danta”, explica la mamá. “Es la única que queda viva en
el país”. “¿Y ese de allá?”, interroga el niño.
“Es un venado que vivía en la isla de Margarita. Cuando se
muera, sólo sabremos por los libros que hubo alguna vez un
venado caramerudo de Margarita”. Así, desfilaron ante los
últimos ejemplares de jaguar, águila arpía, guacamaya, caimán
del Orinoco, oso frontino, nutria, manatí...
La situación de animales como el jaguar o el
oso frontino es muy crítica. “A la fauna silvestre se la
están comiendo”, sentencia Mirna Quero lapidariamente. Esto
ocurre aun cuando varios instrumentos jurídicos la respaldan,
tales como la Ley Penal del Ambiente, la Ley de Protección a
la Fauna Silvestre, además de otras normas y resoluciones.
Quien le meta mano a alguna de las 46 especies en peligro de
extinción —según decreto de 1996— se expone a recibir
todo el peso de la justicia... si llega.
“A la gente le parece risible que para
cazar un animal, capturar un loro o comercializar una lapa, se
necesite un permiso. Falta conciencia en la población, no se
valora el recurso”, enfatiza Quero. Es evidente, incluso en
Caracas, la venta en restaurantes de carne de animales como
venado, lapa, chigüire. “Cuando nos llega la denuncia,
nosotros actuamos. El problema está en que la presión sobre
la fauna ha aumentado, y el personal para protegerla ha
disminuido”, describe Mirna Quero. Los más buscados son
loros, guacamayas, cardenalitos, pericos, cotorras y monos;
ahora se pusieron de “moda” las perezas. Y no en todas las
regiones del país hay gente identificada con esta causa.
“No todos los funcionarios, por su formación, tienen la
misma sensibilidad hacia los animales. Esto necesita una
atención muy especial, hay que estar convencido de su
importancia para darles el valor que se merecen y atender de
inmediato cualquier denuncia”.
Sólo por citar un estado, Quero describe que
las aves que son desarraigadas de su hogar en el delta del
Orinoco “sufren mucho, porque no viajan en las mejores
condiciones. Los barcos no están acondicionados en espacio ni
alimentos, y ocurre una gran mortalidad durante el
traslado”. En esa entidad también se imponen los cazadores
furtivos que persiguen chigüires y váquiros. “El asunto es
sensibilizar a la gente sobre la importancia de la fauna, para
que no la vean como un elemento decorativo del paisaje. Eso es
algo preocupante. En la medida que la educación ambiental se
implemente a escala nacional, habrá mayor conciencia”. De
lo contrario, será cuestión de tiempo.
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