De: EL
NACIONAL - VIERNES 07 DE SEPTIEMBRE DE 2001
Los Warao pierden el país de agua
El universo de la etnia era el moriche, la pesca, el
conuco, la madera tallada. Pero el cierre de caño Mánamo, la exploración
petrolera, la explotación de manaca y la imposición de costumbres hirió
a esa cultura. El Censo Indígena de 1992 contó a 23.957 waraos;
decenas de ellos han sido empujados a la mendicidad en ciudades como
Caracas y Valencia
Vanessa
Davies
Caño Mánamo, estado Monagas
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Fotos JESÚS CASTILLO
Habrá un relanzamiento de las escuelas bilingües
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Risa es risa en cualquier idioma, pero la de Hilaria es como una noche
sin estrellas: le faltan todos los dientes delanteros. La de Juana no
parece mejor: una pieza blanca alterna con un espacio negro en una
distribución determinada por la ausencia del odontólogo. Las dos viven
en Winamoruina, un poblado que para alguien de la ciudad estaría
ubicado en la mitad de la nada, pero que para los warao es la tierra de
sus ancestros próxima a caño Mánamo (estado Monagas). La dentadura
incompleta no es un rasgo de las personas de Winamoruina (nombre que se
traduce como “donde hay bastante manaca”). Legón Aponte es de San
José de Buja (a varias horas de distancia), y en su boca de 42 años de
edad brilla una gran ausencia. “Me sacaron casi todo porque me dolía”,
admite Legón, como un pecado.
- En ninguno de los janocos (viviendas autóctonas) se
concibe un mundo sin moriche, el “árbol de la vida” de esta cultura
enraizada en las aguas dispersas del delta del Orinoco (warao podría
llevarse al castellano como “gente de canoa”). La enumeración de
Legón es extensa: “Del moriche sacamos de todo: madera, chinchorros,
mecates, alpargatas, cestas, la fruta, una harina (yuruma) para hacer
pan, los gusanos”. Sí. Los gusanos, crudos o cocinados, que
constituyen parte fundamental de la alimentación indígena igual que
las hamburguesas lo son de la rutina urbana. Ni la transculturación le
ha arrebatado a niños y adultos guaraúnos el placer de chupar una
semilla de moriche.
- Otros árboles son también sus compañeros. Con
temiche fabrican el techo de las casas; con varas de mangle, la armazón.
En madera de sangrito tallan los pájaros y las toninas, que adquieren
los extranjeros. Pero la avaricia de la industria de la extracción de
manaca para obtener yaba kava (palmito) está acabando con su hábitat
en Monagas, y a cambio de cuatro lochas: a María, una adolescente indígena,
le pagan menos de 60 bolívares por cada cogollo. Aún así, sigue “palmizando”.
María es, probablemente, uno de los 23.957 warao contabilizados
oficialmente en el Censo Indígena de 1992.
- Dioses de otros
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En el janoco de Francisco huele a pescado y a plátano asados; uno de
los pocos retazos de la dieta antigua basada en los frutos del conuco
(ocumo chino, yuca) y los crustáceos, ya que la leche, la harina y el
azúcar –por no hablar del licor- han ido adueñándose de las
comidas. De los troncos cuelgan los chinchorros tejidos con fibras sintéticas;
los de palma de moriche quedaron para la artesanía que se ofrece a los
turistas. A Francisco y a su familia no les gusta hervir el agua, porque
piensan que pueden enfermarse si no beben directamente del caño (el
mismo caño donde orinan y defecan); únicamente se atreven a probar la
lluvia. Ironía: con tanta agua cerca, y sin agua potable para calmar la
sed.
- Para entrar al hogar de Francisco, abierto a los
manglares y al cielo, se sortea un puente de troncos. No se requiere ser
un experto en selva para saber que es una vía en la que los pies sin
zapatos se entienden bien con la madera. Pero hay necesidades creadas, y
Juana lamenta no tener dinero “ni para comprarme un calzado”. Si
hasta los janocos fueron sustituidos por bloques en sitios como Yabinoco.
- De la ropa tradicional sólo sobrevive el relato de los
antropólogos; la bata sin mangas de las mujeres, el guayuco de los
hombres, el andar descalzos. Ahora se usan los vestidos, los pantalones,
las camisas de los criollos (blancos). Francisco Villarroel, comisario
de Winamoruina, solicita que le regalen dinero para varios tanques de
gasolina (la compra a 200 bolívares el litro; más del triple que en
Caracas) y un corte de tela para su mujer. Como maestra, Marta Malavé
nada contra la corriente; no ha podido graduarse, y sus 130 alumnos
escuchan la misma clase en castellano y en warao sea cual sea el nivel y
con limitaciones (la expresión “otra vez” se convierte, en sus
manos, en “otrave”). Sin cuadernos, sin pupitres, sin pizarrón, sin
lápices y sin oportunidad de continuar estudiando más allá de las
sumas y las restas y el abecedario, no es raro que los niños abandonen
el “colegio” (una casa comunitaria) por el hambre. Ya no es
suficiente la fruta puesta a remojar por varios días en el barro del caño,
como acostumbran hacerlo en la población de Santo Domingo. Marta ha
parido cinco hijos, y cuando se le pregunta si sabe lo que es un
anticonceptivo, se le termina la risa y responde: “Eso es cosa de
hombres”. Poco o nada conserva de su religión: ahora, como
consecuencia de la labor de unos misioneros, es evangélica sin templo,
al igual que muchos otros. Y si los guaraúnos no son evangélicos, son
católicos.
- Los warao están mal en su tierra y mal en la
“civilización”. Un estudio del Instituto Venezolano de
Investigaciones Científicas demostró que los indígenas pasaron de
recolectores y pescadores a peones mal pagados, como consecuencia del
taponamiento de caño Mánamo por un dique. El cierre de la vía
fluvial, obra impulsada por la Corporación Venezolana de Guayana en la
década de los años sesenta, alteró el desagüe del río Orinoco y
canalizó mayor volumen de líquido a la Boca Grande, con el fin de
permitir la navegación de grandes barcos. La diarrea, las afecciones
respiratorias, los vómitos, la desnutrición, el paludismo y la
tuberculosis son otros habitantes de estas comunidades. ¿Y los médicos?
“Los médicos están a muchos tanques de distancia”, sentencia
Marta. La salud de esta gente depende de la salud del agua; y la salud
de los caños ya no es la misma.
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- Expulsados de su territorio
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La encrucijada de los warao está tristemente clara para el antropólogo
Horacio Biord, representante de la Dirección de Asuntos Indígenas del
Ministerio de Educación. “La de ellos”, admite, “es una de las
peores situaciones de Venezuela, porque hay un proceso de degradación
ambiental y contaminación que arranca en gran escala con el cierre del
caño Mánamo, la presencia de empresas de palmito y la exploración y
explotación petrolera”. El equilibrio ambiental de Mánamo se rompió.
“Ingresaron aguas saladas que salinizaron la zona, y eso hizo que gran
cantidad de warao se desplazaran, porque no podían sembrar y porque se
acabó la pesca”.
- Para Biord, 3 hitos echaron la suerte de esta etnia: la
edificación de una casa indígena en Tucupita (Delta Amacuro),
concebida hace alrededor de 20 años como un hotel de tránsito, “que
devino en problemas de hacinamiento, insalubridad, inseguridad”; el éxodo
a Barrancas y San Félix a mediados de los 90, “para deambular en los
basureros, como mendigos”; y la gran migración a Caracas, Maturín y
Valencia para pedir limosna. En la publicación electrónica Mujeres en
Red, una activista warao lo definió así: “Nuestra cultura desaparece
para dejar paso a la cultura del petróleo; así aparece el alcohol, la
prostitución, enfermedades raras, violaciones, etc”.
- Las misiones católicas y evangélicas, lamenta Horacio
Biord, facilitaron el desarraigo. “Imagínate que te digan: ‘No te
puedes vestir así, deja esta costumbre, cásate de esta forma’. Eso
es un lavado de cerebro”. Parte de esa pérdida del pasado se
evidencia en lo que el vocero del Ministerio de Educación engloba como
“las necesidades creadas”: ropa, zapatos, aceite, harina, azúcar.
“No es que no tengan derecho a acceder a esos recursos”, aclara,
“pero no fue algo que ellos decidieron; sino un cambio social
impuesto”. Cambio que incluyó la introducción de afecciones como
dengue o cólera. Reconocer a los warao la propiedad sobre su hábitat
sería el primer escalón para que no desaparezcan. El ministerio se ha
centrado en mejorar la parte asistencial con la formación intercultural
de personal (que combinará la sabiduría de los shamanes y las ventajas
de la medicina alopática), y el relanzamiento de las escuelas de dos
idiomas; pero no existe -admite el antropólogo- un proyecto para
socorrer a quienes se dedican a la mendicidad en Caracas. Por
instrucciones del presidente Chávez, los ministerios de Salud y
Ambiente, el proyecto Delta 2000 y la gobernación del Estado deben
acometer un plan único de atención integral. ¿Será demasiado tarde
para que esta sociedad les diga a los warao un sincero jiobone (te
quiero)?
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